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NOTICIAS
El
estrés envejece hasta una década
Altera
la genética de células y tejidos
NUEVA
YORK.- En la intimidad de los delicados mecanismos genéticos
que rigen
la división y la multiplicación celular,
los científicos han hallado por
primera vez pruebas fehacientes de que el estrés
anticipa el envejecimiento.
El
hallazgo de investigadores del Laboratorio de Neuroendocrinología
de la Universidad de California demuestra que una acumulación
de situaciones estresantes es capaz de agregar muchos
años más al ADN de una persona que los de
su edad cronológica real.
Los
científicos encontraron que las células
de la sangre de mujeres que
habían pasado la mayor parte de sus vidas cuidando
de un hijo discapacitado tenían, genéticamente
hablando, una década más de edad que las
mismas células de aquellas madres que llevaban
menos tiempo en la misma difícil
tarea.
El
estudio, que aparece en las actas de la Academia Nacional
de Ciencias de los EE.UU., sugiere también que
la percepción de estar estresado puede agregar
años genéticos a la edad biológica
de una persona.
A
pesar de que los médicos han relacionado el estrés
psicológico con una función inmunológica
débil y un mayor riesgo de contraer infecciones,
aún intentan comprender cómo es que esta
tensión permanente daña y debilita los tejidos
del organismo.
La
nueva investigación sugiere una manera en que ese
deterioro podría
ocurrir y, lo que es más promisorio, abre al mismo
tiempo la posibilidad de que el proceso pueda ser revertido.
"Este
es un significativo descubrimiento", afirmó
el doctor Bruce McEwn,
director del Laboratorio de Neuroendocrinología
de la Universidad
Rockefeller de esta ciudad, quien agregó que el
hallazgo brinda algunas de las más claras evidencias
jamás halladas hasta ahora acerca "del daño
que pagan los tejidos luego de una vida con alto estrés".
"Ya
sabemos que al envejecer -continuó el doctor McEwen-
tenemos más tendencia a engordar, a desarrollar
enfermedades de corazón y diabetes, pero esto es
una novedad."
En
el experimento, las doctoras Elissa Epel y Elizabeth Blackburn,
de la
Universidad de California, en San Francisco, dirigieron
un equipo de
investigadores que analizaron muestras de sangre de 58
madres jóvenes y de mediana edad, 39 de las cuales
cuidaban a un hijo con enfermedades crónicas, como
autismo o parálisis cerebral. Utilizando técnicas
genéticas, examinaron el ADN de los glóbulos
blancos, que son fundamentales para la respuesta del cuerpo
ante una infección.
Las
científicas se centraron en una parte del ADN llamada
telómero, en el extremo de los cromosomas de la
célula.
Como
la cabeza de un fósforo partido, el telómero
se contrae cada vez que la célula se divide y se
duplica.
Las
células se reproducen a sí mismas muchas
veces en la vida para reparar y fortalecer al órgano
que las alberga, para crecer o para luchar contra cualquier
enfermedad.
Una
sustancia química llamada telomerasa ayuda a restaurar
una porción del telómero en cada división.
Pero
luego de 10 a 50 divisiones, aproximadamente, el número
varía según el tipo de tejido y el estado
de la persona: los biólogos aún no comprenden
bien cómo funciona el sistema, pero el telómero
se vuelve tan corto que la célula no puede reproducirse
más.
Las
personas que nacen con una enfermedad genética
llamada disqueratosis congénita, que causa un acelerado
acortamiento de los telómeros, mueren jóvenes,
habitualmente a mediana edad, muy frecuentemente por complicaciones
debidas a un sistema inmunitario débil.
En
resumen, se cree que el cambio en la longitud del telómero,
a través del tiempo, es la medida de la edad de
la célula, de su vitalidad.
Cuando
los investigadores compararon el ADN de madres que cuidaban
hijos discapacitados, encontraron una impactante tendencia:
luego de considerar los efectos de la edad, calcularon
que cuanto más tiempo las mujeres habían
estado cuidando a su hijo, más corto era el largo
de su telómero y más baja la actividad de
su telomerasa.
Algunas
de las madres más experimentadas tenían
más años que su edad cronológica,
según las mediciones de sus glóbulos blancos.
"Cuando
la gente bajo estrés aparece ojerosa, es como si
envejeciera delante de nuestros ojos, y acá está
sucediendo algo a nivel molecular"; eso es lo que
refleja esa impresión, aseguró la doctora
Blackburn, profesora de bioquímica y biofísica.
Los
investigadores también dieron a las mujeres un
cuestionario donde se les pedía que establecieran
un puntaje, en una escala de tres puntos, para indicar
el grado de agotamiento que sentían en su vida
cotidiana y con qué frecuencia se veían
incapacitadas para controlar las cosas importantes. Las
mujeres que estaban bajo fuerte estrés también
tenían telómeros significativamente acortados
comparados con los de las que se sentían más
relajadas, estuvieran criando o no a un niño discapacitado.
"Algunas
de las mujeres que tenían un estrés real
también tenían una baja percepción
del mismo y el próximo paso será tratar
de comprender qué es lo que provoca este tipo de
poder de recuperación", afirmó la doctora
Epel.
Epel
agregó que planeaban estudiar el efecto de la meditación
y el
entrenamiento de la meditación y el yoga, tanto
en la percepción del estrés como en la longitud
del telómero. Un tipo de tratamiento, la terapia
cognitiva, en la que la gente aprende a moderar sus respuestas
al estrés, también podría ayudar,
aseguran los psicólogos.
Genes
y educación
Sin
embargo, la personalidad y la educación recibida
seguramente también cuentan para lograr una diferencia.
En
2003, un grupo de investigadores comenzó a estudiar
a 850 personas de Nueva Zelanda desde el nacimiento hasta
los 26 años e informó que las variaciones
en un solo gen ayudaron a predecir qué niños
serán más tarde susceptibles a la depresión
ante acontecimientos estresantes, como el divorcio y el
desempleo.
Los
investigadores de los Institutos Nacionales de Salud de
los EE.UU.
demostraron en monos que una crianza afectuosa y atenta
de las crías podía proteger a los animales
jóvenes de esta variación genética
promoviendo el poder de recuperación en individuos
genéticamente vulnerables. Una educación
fría y abusiva, afirman los psiquiatras, puede
tener el efecto opuesto.
"Todos
estos factores se entrelazan en la forma en que una persona
maneja el estrés -dijo el doctor Ronald Glaser,
director del Instituto de
Investigación de Medicina Conductista de la Universidad
de Ohio, quien con su esposa, la doctora Janice Kiecolt-Glaser,
documentó el efecto del estrés en la función
inmunológica-. Ahora tenemos evidencias, desde
un amplio rango de campos, de estudios de curación
de heridas, de inflamación, de vacunas, y recientemente,
de la edad de las células, lo que realmente explica
que el estrés puede causar daño."
Los
expertos advierten que el estudio del telómero
necesita ser repetido y que por ahora nadie ha demostrado
convincentemente que el estrés psicológico
acorta significativamente la vida de las personas.
Además,
está lejos de quedar claro con exactitud cómo
inquietarse por los problemas de aprendizaje de un niño,
por ejemplo, puede causar que los telómeros de
los padres se acorten antes de tiempo. A pesar de que
los investigadores saben que la tensión emocional
de este tipo provoca la liberación de hormonas
del estrés, como el cortisol, que con el tiempo
puede dañar las células, nadie sabe cómo
estas hormonas u otras toxinas relacionadas con el estrés
afectan a los telómeros.
"Por
ahora, ésa es la caja negra", aseguró
la doctora Blackburn. "Y eso es
lo próximo que vamos a estudiar."
Por
Benedict Carey
De The New York Times
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